miércoles, 27 de junio de 2012

ESCUELA ÚNICA


En los países democráticos la escuela es obligatoria. Estamos acostumbrados a asumir la escuela como derecho social por vicio divulgativo. Lo hemos aceptado sin más, acríticamente y sin el menor atisbo de duda. Incluso, aceptamos que nos digan qué tenemos que aprender y cómo.
Parece una paradoja. Pero hurgando se descubre otra lectura distinta de la de “derecho social”. Tal y como está legislada (obligación hasta los 16 años) no es un derecho, es un deber; una imposición. Por tanto, es contrario a los valores democráticos.
¿Es que estudiar o no estudiar no debería ser una opción voluntaria entre tus derechos democráticos de libre elección? Me podréis objetar que la elección la toman los padres, hurtándole al hijo -en el caso de renuncia- una promoción intelectual y profesional. ¿Y qué? Los padres son un factor determinista en la vida de los hijos. Siempre.
Puedes ponerle a tu hijo el nombre que quieras, puedes apuntarlo a una religión o no, puedes inculcarle los valores o prejuicios que te dé la gana, alimentarlo como te venga bien, llevarlo a los ambientes que te apetezcan, incluso darle una u otra nacionalidad, haciéndolo nacer en un país escogido ... Pero no puedes dejar de llevarlo a la escuela.

Hay padres que, al margen de la institución escolar, podrían proporcionarle a sus hijos una enseñanza cualitativa y cuantitativamente mejor que la que se dispensa en el colegio. Esto es una obviedad; sobre todo, considerando el ambiente de convivencia de determinados colegios. A estos padres la ley les niega el derecho, no ya de transmitirles la deseada formación intelectual y cultural que deseen, sino el deber de evitarle a sus hjos malos tratos.

Por abusar de la personalización, diré que hice mis estudios no universitarios fuera del país. No recuerdo ningún maltrato del profesorado hacia el alumnado, pero la disciplina era tan estricta que la educación y el respeto los traíamos los niños puestos de casa. Si tu comportamiento en la escuela no era pertinente, después de un proceso de amonestaciones ascendentes en severidad, te echaban a la calle definitivamente, sin opción a volver a la etapa (Primaria o Bachiller) del sistema público. Si tus padres querían que estudiases, te lo tenían que costear en alguna escuela privada o academia y presentarte libre a los exámenes finales de etapa. Así que ellos tenían buen cuidado en tenerte a raya.
Se puede objetar que ese sistema era poco insertivo. ¿Pero acaso los expulsados iban allí a estudiar? No, porque no eran errores accidentales los suyos; eran alumnos reincidentes, conscientes (ellos y los padres) de las oportunidades que desdeñaban en cada amonestación. En cambio, el efecto de este procedimiento era una escuela pública prestigiada frente a una escuela privada que se dedicaba a rehabilitar, si podía, a los energúmenos con dinero. Además, se garantizaba el derecho de los que sí estaban por estudiar. Exactamente la antítesis de la relación que hay hoy entre escuela púlica y privada.

Por otro lado, es verdad que, académicamente, la escuela de mi juventud primaba la capacitación intelectual: los que no daban la talla repetían curso hasta que abandonaban. Esta idea resulta extraña hoy en día y se rechaza por exclusiva o selectiva. Pero la hacemos extraña sólo en el campo de la inteligencia. A nadie le extraña la relación estrecha entre estatura y baloncesto. Se nos antoja, por el contrario, que la inteligencia es un don dadivoso entre la humanidad. Incluso, tendemos a creer que todos somos igual de listos. Lo cierto, es que hay una curva gaussiana que define la distribución desigual de la inteligencia en la población. Pese a que el imaginario político quiera persuadir de lo contrario, no todos gozamos de generosa inteligencia. Sí se dan diferentes inteligencias. Y la atención de esta variedad no se contempla.
El Estado tiene el deber de procurar plazas escolares para todos los que las demandan, pero no debería tener el derecho de obligar a sus administrados a ocuparlas por fuerza. Y si lo hace, debería, al menos permitir que cada cual eligiera un itinerario educativo desde muy temprano. Un sistema de elección educativa múltiple (con itinerarios transactivos entre sí y baremos de convalidación) tendría siempre una marca democrática mayor que el trágalo del sistema único y por edicto. Hay una legión de chavales de la ESO, secuestrados por el sistema, que no entienden por qué tienen que asistir a un aula todos los días de invitados de piedra. Eso es violencia. Demasiada poca violencia ejercen ellos como respuesta. Pero cuando la ejercen, desgraciadamente recae sobre sus compañeros de aula y sobre el profesorado; cuando el destinatario propicio deberían ser los autores intelectuales (legisladores políticos) que han ideado este sistema que ellos bendicen como no selectivo y, por tanto, democrático cuando, por su impacto, la calificación que merece es de fracaso.
Que el sistema educativo sea selectivo, al estilo del que me tocó en mi infancia, puede no ser procedente hoy día, pero sí lo sería con una selección ejercida desde el propio albedrío: que cada cual seleccione el itinerario que le conviene, a tenor de la orientación de sus calificaciones y de la motivación personal.
Después de todo, qué promoción educativa asegura el sistema actual en España, si produce una deserción de más del 30% de media nacional (datos de 2.010). A lo peor y no lo sé, pero, es harto posible, que produzca más iletrados que el sistema en el que yo estudié, al que, desde la falaz perspectiva actual, anatemizan con el baldón de selectivo. A mi entender, más le valdría al sistema educativo ser selectivo, con itinerarios diversos para la canalización de todas las oportunidades. Y eso sí que sería inclusivo, aunque más caro que la escuela única.

Los resultados están a la vista. Y no necesitamos agentes calificadores como los de PISA para descubrirlos. Su evidencia, mal se pueden esconder socialmente. No es que le importe a los propios profesores, que han sabido adaptarse a los sucesivos modelos impuestos (cuando la presión les es insoportable, prefieren darse de baja antes que, no ya rebelarse, sino reconocer, siquiera, parte de lo que aquí recojo); ni a un gran porcentaje de padres, que colman sus aspiraciones con el aparcamiento de sus hijos; ni a la institución educativa, que le es más fácil acometer reformas burocráticas -que conciernen a documentación y cambios de nombre- antes que estructurales.
Pero allí en frente está el futuro, que no protagonizarán los políticos de hoy pero sí los niños de hoy. Y ni la economía ni el suelo disponible en nuestro país, después del pelotazo inmobiliario, ofertan ya tajo en la obra para tanto sujeto sin cualificación.

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