lunes, 16 de julio de 2012

CONTRA EL DISCURSO INMOVILISTA


Aznar se gastó millones de dólares en bufetes de abogados, que constituían lobbies de presión en EEUU, para que le otorgasen la Medalla de oro del Congreso. Megalomanías de un enano. Pero el dinero público que destinaba a esa vesania provenía, entre otras exacciones, de la congelación del salario de los funcionarios durante los 8 años de su gobierno.
Zapatero liberó la congelación impuesta por el anterior gabinete, pero, en sus últimos meses de presidencia, se retractó de su reposición de derechos a los funcionarios y les recortó el salario (un 5% de media -aunque en algunos colectivos, como el docente o sanitario, supuso una rebaja porcentual mayor-).
La Comunidad Autónoma, en los primeros meses de su reelección, vuelve a minar la retribución de los funcionarios, atacando a los complementos. Suma y sigue.
Rajoy, decreta la supresión de la paga extra de Navidad. Recalca lo de “extra”, como si fuera ésta una de las primas que se conceden graciosamente los de su clase social y política. Esa paga, como la de verano, forma parte del sueldo. Es un recorte que, prorroteado entre las mensualidades, supone una rebaja de más de un 7% del salario.
Los ministros responsables de las diferentes áreas administrativas, anuncian importantes aumentos de horario y calendario en cada servicio público, a costa de los funcionarios.
Yo soy funcionario.
Con todo, reconozco que estas severas medidas económicas que nos aplican, no llegan al extremo leonino de la “Reforma Laboral”. Por lo demás, los funcionarios compartimos condiciones con el resto de trabajadores: incrementos del IRPF, dos subidas del IVA (la del 16 al 18% de hace bien poco y, la última, del 18 al 21%), el repago y la restricción de medicamentos...
Yo soy funcionario de la enseñanza.
Hay algo cualitativo que diferencia nuestro castigo sectorial del de los demás empleados. Es algo que a mí me importa sobremanera; más que el ataque al salario y al tiempo lectivo. Son las condiciones laborales. Porque las condiciones lesivas no se aplican sobre nosotros específicamente, como los recortes salariales, sino sobre nuestras circunstancias. Y se da la triste casualidad que nuestras circunstancias son otras personas, nuestros alumnos.
En la medida que se deterioren nuestras condiciones de trabajo -más alumnos por aula, menos plantilla, menos recursos y equipamientos- se deteriorá nuestra capacidad de enseñanza; que es lo mismo que decir que se perjudicará la formación de los alumnos, amén de la convivencia y su calidad de habitabilidad. Y ellos no son funcionarios, no deberían sufrir los correctivos políticos. Eso es igual que sumar los niños al contingente de fracasados del sistema. No fracasados de mañana, que lo serán porque se les conculca su derecho a prepararse con suficiencia, sino ya de hoy.
Es ir demasiado lejos. No deberíamos permitirle a la señorita Andrea Fabra meter en su saco de “¡que se jodan!” a los niños de la escuela pública.
Hay que ser más visibles. Enseñarles a las familias las deficiencias estructurales de la escuela. Informarles de las dificultades de enseñanza por la congregación de casos en las aulas. La ordenación de planes fallidos por carencia de medios y profesores. Mostrarles, también, el lastre burócrata que arrastramos para camuflar todas estas disfunciones bajo una montaña de informes, programas, memorias, actas, órganos y flautas. Es decir, iluminar su sensibilidad a la realidad que se esconde en el escenario donde cada mañana dejan a su hijo. Y que sepan el efecto que todo esto va a tener en su formación.
Cuando los padres estén debidamente al tanto, no valdrá abstenernos de emprender acciones vindicativas con el pretexto de que perjudicamos a los niños y a sus padres. El que perjudica a los niños es el sistema impuesto desde hace tiempo y en crescendo. Nuestra movilización es el remedio, no el daño. Tenemos que tener la sabiduría de aprovechar la corriente de protesta laboral para sanear, de una vez, el sistema creado por tecnócratas (mayoritaramente de libre designación) que saldan las nutridas precariedades a golpe de papeles. Consintiendo todo ese sistema de apaños estamos perjudicando a los niños, sus familias y el futuro. Movilizándonos estamos promoviendo el remedio. Así que basta de subterfugios para no hacer nada, porque no actuar ahora por no perjudicar los derechos de los niños puede que deje tocados los derechos de los niños de los niños. Recuerden como quedó la escuela pública en G.Bretaña después del saqueo de Margaret Tatcher. Han pasado décadas, pero no se ha rehecho. Su desprestigio es ya secular. No seáis gazmoños, pensad en futuro si os interesa la educación.

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